miércoles, 14 de mayo de 2008




Una estrella, tras una larga y dura jornada de trabajo (aguantando romances, borracheras y algún que otro asesinato) se ha atrevido a denunciar sus precarias condiciones laborales. Exige agua clara para beber, y que se prohíba la entrada en el local a aquellos que no guardan silencio durante su función. Aunque el sindicato aún no se ha pronunciado, es posible que este suceso acabe derivando en una huelga de todos los trabajadores afectados. Las autoridades han manifestado su preocupación, y parece que es inevitable que la crisis se acabe produciendo.

Aún no se ha hecho ningún balance sobre lo que podría suponer un paro en el sector astrológico, pero se estima que, si finalmente se produce, millones de soñadores y amantes saldrán perjudicados, y que las pérdidas de ganancias oníricas serán las más graves jamás registradas.





jueves, 1 de mayo de 2008

Los días que no vienes a clase es un alivio, porque dejo de preocuparme por deslizar mi libreta y mi brazo hasta la frontera de tu mesa, de pegarme más al papel para escribir, de inclinar mi hombro e ir acercándome lentamente hasta tu mano. .. Sin embargo, cuando apareces por la puerta, y me envuelve tu olor a hierba, y me despierto, me doy cuenta de que me encanta que vengas a clase, y que acabes siempre sentado a mi lado.

Empezamos a jugarnos, ¿no te parece? Yo me voy acercando y tú te dejas acercar. Mi mano acaricia al papel, aproximándose a la tuya, y cuando llegamos al margen de la libreta nos quedamos quietos, nuestras manos rozándose sin moverse, nuestra respiración ligeramente, sólo ligeramente, más agitada.

Me gusta cuando muevo la cabeza y agito mi pelo, y sé que te envuelve mi olor, y te quedas quieto contra la silla, oliéndome, apretando el bolígrafo entre tus dedos. Entonces provocamos una orgía de sentidos en la clase de arte, ante la mirada complaciente del profesor, que nos cree concentrados contemplando a la Venus del espejo, y la tensión aumenta mientras imaginamos que yo soy la Venus tumbada ante ti y que tú eres el que se refleja difuminado en el cristal. Y cuando suena el timbre nos vamos. Nos olvidamos de esos instantes en las clases de arte, y nos vamos.

lunes, 28 de abril de 2008

Espirarte sin querer y espiarte queriendo.
¿Sabes? Ha sido terrible andar hoy por la calle. Ha sido terrible tener que volver a pasear esquivando alfileres con moños apretados, cargados de oros y corales, y soportar la vibraciones de esa música que escupen esos coches. Ha sido terrible tener que volver a aguantar miradas de arriba abajo, sonrisas hipócritas, bofetadas a medio dar. Ha sido terrible tener que volver, aunque solo haya estado fuera dos días.

Aunque no me parece justo decir sólo lo terrible. Han sido fantásticos ciertos reencuentros. Ha sido fantástico recordar cualesquiera reencuentros. Déjame encontrarte.


Me gusta andar por la calle en medio de oros y corales y acordarme de Fran y su cualquier trotango y no poder evitar sonreir, o reir como una loca sin mirar a ninguna parte. Sonreir al recordar los piques con el trovador rubito, los sueños con elena, los abrazos con maría, los tequilas (y los billetes falsos!), una noche de guitarra, y estar en el cuarto preparando las cosas para la pedazo de obra de teatro (mientras Marta, Nieves y yo nos repartimos el fiso y Silvia coge la guitarra y me deja sin palabras cuando empieza a tocar Ojalá). Y conocer a Carlos. Y reencontrarme con Cristina y sus sombras blancas. Y descubrir a un soñador de versos en tiempos difíciles. Y repartir caracolas de mar. Y recibir abrazos. Y asomarme a lo hondo de un pozo de casi 20 metros mientras cierto personaje me obliga a recordar cadaveres subiendo por el agua (casi lo olvido). Y miles de instantes. Miles de risas. Miles de complicidades. Y entender a miradas. Y contar cuentos. Y brindar, brindar... Y los cascabeles y las cartas. Y jugar al sueño y que María lo adivine demasiado pronto. Y que me invite a ir a Málaga (e ir). Y quedar al final Raquel, Fran y yo y no poder evitar una lagrimita traviesa. Y quedar al final Fran y yo y no poder evitar una sonrisita traviesa. Y disfrutar, disfrutar... Y los desayunos, las comidas, las mesas (con sus manteles infinitos). Y perderme buscando cualquier habitación. Y Antonio recitando un cadáver exquisito. Y una hormiguita ahogándose, y un monstruo marino en busca de un espermatozoide. Y Adri modificando cualquier teoría sobre la televisión como fabricadora de orgasmos fingidos. Y una jirafa, una bolsa de patatas, una pistolita, un caza, una ballena que habla balleno, un jarrón con flores sin pétalos, un caballito de mar, cometas felices y cometas mutantes, ron, por si acaso, un reloj de arena, una patera, una flor que muere y renace y que es preciosa, un virus, una señal del camino con letreros impactantes, una pera!, el ojo de Dios y el Peine de Dios, pececitos, gaviotas... más cositas que tengo demasiado sueño para recordar. Y que personajes como vosotros hagan mas bonito el mundo. Y secretos que no voy a contar. Y los que acabaré contando. Y un os quiero. Y más caracolitas y cascabeles. Y un cualquiera que imagina. Cualquier abrazo, cualquier nos vemos pronto. Te lo juro.

¿Sabes? Hoy no me apetece tener cohesión. Hoy me gusta andar entre imágenes que vienen y van, y entre sonrisas que van y vienen.

Encantada de reencontraros, de encontraros, de conoceros, y de invitarnos a conocernos.

sábado, 5 de abril de 2008

Rompiendo las olas en la orilla, agitándose las piedras y la arena, desapareciendo la espuma, temblando su cuerpo, vistiéndose los locos entre sus perros, volando cometas amarillas, escupiendo anzuelos las cañas de pescar famélicas, enfriada la nariz de la torre por la brisa, olor a mar, gaviotas, reminiscencia, el puerto, Torrenueva, montañas que contienen el mar por un lado y lo dejan desbordarse por el otro, los dedos de sus pies revolviendo la arena, la marea subiendo y la espuma cada vez más intensa, las olas cada vez más altas, esperando el momento de lanzar un último rugido de placer, de alcanzar la calma el mar y el viento, dormidos después de amarse con violencia, dormir el universo y sus latidos, y dormir el brillo del agua lubricada por las caricias del sol.

Y ella, en medio de esa orgía de sentidos y elementos, se olvida del viento, del mar, del sol, del frío, del calor, de la torre, de los ladridos-latidos, de las cometas-estrellas, de las tardes inventadas. Y callada se entretiene contemplando el lunar de su pecho, y sintiendo con su lengua cada diente de su boca, despertando algunos recuerdos, hasta que choca con uno y se enfurece, y lo estrella, y lo rompe, y lo entierra, y lo destroza, y cuando ya ha muerto se relaja, respira, sus pulmones le hacen ahora el amor al viento, vuelve la calma. Se viste con la ropa caliente de esperarla, recoge sus cosas mientras el grupo de locos y de perros se acerca hacia ella caminando por la orilla y el resto de personas sigue disfrutando de ese lugar tan vulgar (cuando es con ellos) que es la playa.

Y ya sin palabras, los pies helados de meterlos en la espuma, echa a andar descalza hasta el paseo, y allí se vuelve a sentar y mira a ese rincón donde se besan esos días ella y el viento, ella y el mar, el universo… y bruscamente prende fuego a las palabras y se raja la garganta, repudia de su voz. Sus manos y sus gestos le bastan para acariciar al mundo y entenderlo, comprender el desequilibrio que rige esos días de abril o de septiembre en los que él y ella, el verano y la primavera, primero bailan antes de tumbarse por fin en una cama y recrearse en un mundo de sensaciones cálidas y desbordantes que acaba con todo y acaba por ser el origen de todo.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Cuando mis manos se deshacían en tu cuerpo...



sábado, 8 de marzo de 2008

Ellos, sin embargo, se dedicaban a robar aquellos rayitos del Sol de invierno. Templaban su piel tumbados en cualquier parte, rodeados de trozos de mar y de cielo. Entonces él sacaba un caza-mariposas y atrapaba los haces de luz. Ella los guardaba con cuidado en una bolsa de cuero, y esperaban hasta que llegase la noche. Esperaban contándose lunares y historias. Por la noche se sentaban en la orilla del mar como indios, y cuando empezaban a sentir frío abrían la talega y prendían la oscuridad. Y en medio de esa calidaz se amaban, mezclando su jaleo con las embestidas del mar.

Ruido silente. Desbordaban sus sentidos de las cáscaras dónde vivían encadenados, y se morían libres para vivir libres.